Para muchas familias boricuas que viven en Connecticut, la Navidad no se mide en días festivos, sino en la distancia que separa el frío del noreste de Estados Unidos y el calor de Puerto Rico.
Regresar a la isla desde este estado –donde el 8% de la población es boricua– no es solo un viaje; es un acto cargado, en ocasiones, por valiosas memorias y, en otras, por tradiciones que persisten.
“Yo iba a llorar cuando llegué. No hay palabras para describir lo que sentí”, compartió, sin poder contener las lágrimas, Marilyn Dones Rivera, de 67 años, quien llevaba 38 años sin pisar la tierra de donde partieron sus padres, oriundos de Yabucoa y Las Piedras.
Aunque solo pudo pasar unas horas en el Viejo San Juan tras llegar en un crucero, junto a su hermana Nancy Dones Rivera y su sobrina Rachel Iacovone Dones, el impacto fue inmediato. “Es tan bonito que me preguntaba cómo mis padres pudieron irse de aquí”.
Para Marilyn y Nancy, el viaje tuvo un peso emocional adicional. Sus padres fallecieron con apenas seis meses de diferencia, lo que ha hecho que estas navidades sean más difíciles. “Entonces, el crucero fue una buena opción para despejar un poco”, explicó Nancy, de 64 años, a El Nuevo Día.
Su sobrina Rachel, de 29 años y residente en New Haven, fue criada por sus abuelos en el estado de Florida y hoy es reportera especializada en comunidades puertorriqueñas de Connecticut Public Radio. Para ella, Puerto Rico representa el lugar donde su identidad se siente completa en esta temporada.
“Aprendí a hablar español y a cocinar de mi abuela, que vivía cerca de nosotros, y yo siempre estaba en su casa”, recordó. Su primera visita a la isla fue cuando tenía 21 años y, desde entonces, ha regresado en seis ocasiones, tres de ellas para celebrar su cumpleaños.
Ese sentido de hogar se ha logrado trasladar a comunidades boricuas en Connecticut, donde la Navidad se celebra colectivamente.
En el caso de Hartford, donde el 37% de la población es puertorriqueña, se organizan parrandas, cabalgatas de los Tres Reyes Magos, desfiles comunitarios y paradas culturales que transforman las calles en espacios de identidad, sobre todo, en la calle Park en Frog Hollow, histórico barrio boricua de la ciudad.
“Los niños esperan más ver los camellos por la calle Park que a Santa en un trineo”, relató Amílcar Hernández Galarza, natural de Utuado y residente en Connecticut desde 2004. Para él, regresar a Puerto Rico es una forma de “reencontrarme con ese pedacito de mi corazón que se quedó en la isla”, expresó.
La presencia cultural ha sido tan consistente que, en algunos distritos escolares de Connecticut con mayor concentración de boricuas, se reconoce el Día de los Reyes y se concede como un festivo a los alumnos.
Hernández Galarza, quien es uno de los únicos dos concejales en la alcaldía de Hartford, visita la isla con su pareja e hijos, de 6 y 7 años. Tiene otro hijo, de 18 años, nacido en Connecticut, pero que “habla perfectamente español”.
Afirmó que “la cultura puertorriqueña en Navidad en el estado es bien palpable, y se ha trasladado a nuestros hijos”.
En su caso, se ha mantenido involucrado en otras iniciativas boricuas, como dirigir la Junta Directiva de la Parada Puertorriqueña y el Festival del Coquí en Hartford, evento organizado anualmente por el Instituto de Connecticut para el Desarrollo Comunitario.
“Desde que vivo en Connecticut, solo un año pude tener esa experiencia allá de ver un lechón en la vara, y fue extremadamente especial porque me reconectó con la isla. Pero, con el frío eso pierde. Aquí, uno se siente más libre”, señaló.
No obstante, Hernández Galarza, quien también es jefe de Finanzas del distrito escolar de New Haven, reconoció que factores económicos y la ausencia de allegados en la isla han ido “fracturando” la conexión familiar para muchos.
La mayoría de los boricuas en Connecticut trabaja bajo el salario mínimo, que es de $16.35 por hora y no alcanza los $35,000 anuales. Esto se refleja en un ingreso medio de apenas $48,656 al año en los hogares boricuas, muy por debajo al promedio estatal de $91,665.
Además, el Censo de 2023 indicó que un 22% de todos los puertorriqueños en el estado vivían por debajo del nivel de pobreza general. Los hogares encabezados por mujeres con hijos menores de 18 años enfrentan los mayores retos económicos, convirtiendo un viaje a la isla casi en un lujo.
A ese grupo de boricuas que divide su vida entre Puerto Rico y Estados Unidos, se suma Guillerma González Vázquez, de 74 años y mejor conocida en Connecticut como “Minnie” desde que ocupa el cargo de representante estatal por el Distrito 3.
En este estado, al que se mudó cuando tenía 18 años, crio a sus hijos como madre soltera. Fue allí donde, como relató a este medio, comenzó a involucrarse con otros boricuas activos en la política comunitaria, un espacio al que llegó de manera orgánica y en el que lleva ya 29 años.
Con una vida construida en Connecticut, Minnie recalcó que nada se compara con la Navidad en la isla. “Allá, es frío y lluvia; aquí, uno se levanta, sale al patio, desayuna con ese sol tan rico”.
Señaló que, para las personas que emigraron ya adultas, la diferencia cultural no siempre se siente, pues llegaron con las costumbres aprendidas, en referencia a que la mayoría de los boricuas en el estado son de segunda y tercera generación, jóvenes nacidos allí. Incluso, un 40.8% habla solo inglés, según el Censo.
Aunque hace más de 25 años no pasaba las navidades en Puerto Rico, visitaba anualmente la isla en verano. No obstante, en los últimos tres años, ha procurado regresar durante la temporada navideña y “hasta después del Día de Reyes no hay quien nos saque de aquí”, dijo entre risas.
Al final, insistió, no es el lugar, sino la familia. “Tuve tres hijos, dos pasaron ya a una mejor vida, pero mi hija y mi nieto son lo más importante, y siempre les he inculcado la lengua y el sentido familiar”.