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Julio Lozada: la historia del niño puertorriqueño cuya muerte transformó la seguridad pública en Hartford, Connecticut

De derecha a izquierda el boricua Mario Oquendo Jr., actual jefe de distrito del Departamento de Bomberos de Hartford; Edward Casares, primer jefe puertorriqueño del Departamento de Bomberos y Mayra Lozada Guzmán, hermana mayor de Julio "Julito" César Lozada Guzmán, inaugurando la placa dedicada al menor en el Complejo de Seguridad Pública de la ciudad en 2013. Le acompañan el jefe retirado de los Bomberos Carlos M. Huertas y el exalcalde de la ciudad Pedro Segarra. (Suministradas)
El Nuevo Día
De derecha a izquierda el boricua Mario Oquendo Jr., actual jefe de distrito del Departamento de Bomberos de Hartford; Edward Casares, primer jefe puertorriqueño del Departamento de Bomberos y Mayra Lozada Guzmán, hermana mayor de Julio "Julito" César Lozada Guzmán, inaugurando la placa dedicada al menor en el Complejo de Seguridad Pública de la ciudad en 2013. Le acompañan el jefe retirado de los Bomberos Carlos M. Huertas y el exalcalde de la ciudad Pedro Segarra. (Suministradas)

New Britain - Era 16 de mayo de 1979.

No hubo aviso previo que preparara a nadie para lo que iba a pasar esa tarde hasta que un ruido, gritos y una frase pronunciada entre la confusión alteraron para siempre la historia de una familia puertorriqueña en Hartford, Connecticut.

“Julito está muerto”.

Han pasado casi cinco décadas desde entonces, pero Mayra Lozada Guzmán mantiene la escena intacta en su memoria, como si el tiempo no hubiese avanzado lo suficiente para borrarla.

“Yo no puedo creer que han pasado tantos años y aún sigo llorando”, expresó, sin poder contener las lágrimas, al comenzar la entrevista con El Nuevo Día en su hogar en New Britain.

Julio "Julito" César Lozada Guzmán. (Itzel Rivera)
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Julio "Julito" César Lozada Guzmán. (Itzel Rivera)

Su hermano menor, Julio “Julito” César Lozada Guzmán, tenía 12 años cuando el techo de un garaje abandonado colapsó sobre él en la parte posterior de una propiedad deteriorada en Center Street, en el vecindario de Clay Hill.

Era una familia de siete que había llegado de Caguas a este estado, unos cinco años antes, en medio de la precariedad económica.

“Mi papá perdió el trabajo en la fábrica de matres en el pueblo y mi mamá también perdió el empleo en el Hospital Regional. Estábamos tan mal que cogíamos la PRERA (Administración de Auxilio de Emergencia de Puerto Rico)”, recordó Mayra.

La decisión de moverse a esta jurisdicción, donde ahora el 8% de la población es boricua -sobre 300,000 residentes- llegó a través de una tía que ya vivía allí.

Mayra Lozada Guzmán, hermana mayor de "Julito", con una gorra de la Fundación Julio Lozada. (Itzel Rivera)
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Mayra Lozada Guzmán, hermana mayor de "Julito", con una gorra de la Fundación Julio Lozada. (Itzel Rivera)

“Nos dijo que acá (en Connecticut) las cosas estaban mejor, y que ayudaban con el welfare”, continuó.

Mayra tenía 13 años, Julito apenas seis. Cuando llegaron, vivieron nueve personas en un apartamento de un cuarto. “Dormíamos, prácticamente, uno encima del otro”, dijo.

Así era la situación para muchas familias puertorriqueñas que habían comenzado a migrar a Connecticut a partir de la crisis económica que dejó la Segunda Guerra Mundial, cuando surgió un alto reclutamiento de campesinos para trabajar en las tabacaleras del estado.

Mayra, por ser la mayor, asumió desde temprano la responsabilidad de acompañar a su madre a cualquier gestión que requiriera traducción. En ese entorno, Julito iba a la escuela y crecía como un niño inquieto, sociable y servicial.
“Le gustaba hacer travesuras, irse con papi a pescar y siempre estaba pendiente de ayudar a la gente mayor”, reiteró su hermana.

Lo que ocurrió ese día
En la tarde del 16 de mayo de 1979, Julito jugaba “tag” con tres amigos (Porfirio Rivera, Manuel Marrero y Julio Quiñones) en un garaje abandonado en la dirección 18-20 Center Street.

Según los reportes revisados por El Nuevo Día, Julito y Manuel golpeaban una pared con un palo de madera cuando se comenzaron a escuchar “crujidos”.

Los niños corrieron, pero Julito -que iba de la mano con Manuel- se tropezó y cayó en un hoyo justo antes del derrumbe. Los otros lograron salir.

Mayra ya se había casado y no vivía cerca. Su madre, Nilda Guzmán Torres, y sus hermanas Nilda, Alba y Elva vivían en la avenida Albany en los arribas de Ernie’s Market, donde Julito trabajaba llenando bolsas “para buscarse el pesito”.

Su padre, Genaro Lozada Román, ya no vivía allí, pues se habían divorciado.

Mayra recuerda haber llegado del trabajo y escuchar gritos y el timbre sonar con insistencia. “Era mami. Me dijo: ‘Julito está muerto’. Yo pensé que estaba siendo dramática”.

Lo ocurrido durante la siguiente hora transformaría la conversación sobre la respuesta de emergencia en la ciudad de Hartford, donde ahora el 44% de los residentes son boricuas.

Fallas en la respuesta

Eran aproximadamente las 6:15 p.m. cuando el techo del garaje donde jugaban Julito y sus tres amigos colapsó. Los récords del Departamento de Bomberos reflejan que la primera llamada entró a las 6:55 p.m. -pasaron 40 minutos-.

Según el intercambio en la llamada, una persona avisó con un inglés “no tan perfecto” de un problema en la “15 Fairmount Street y un bonche de niños, hay uno perdido”. La 15 Fairmount Street es limítrofe con la 18-20 Center Street.

El local Ernie's Market, en la avenida Albany, donde trabajaba "Julito". En la segunda planta vivía su madre con sus tres hermanas; Mayra se había mudado. (Itzel Rivera)
El Nuevo Día.
El local Ernie's Market, en la avenida Albany, donde trabajaba "Julito". En la segunda planta vivía su madre con sus tres hermanas; Mayra se había mudado. (Itzel Rivera)

La unidad enviada llegó a las 6:56 p.m. al área. Testigos entrevistados aseguraron que solo un bombero, Michael Hotham, descendió del camión y observó brevemente los escombros. Alegadamente, el teniente encargado William Donelly le dijo “vámonos, no hay nada que podamos hacer aquí”.

A las 7:02 p.m. se registró la unidad de vuelta a la estación, que quedaba en la Main Street -a unos tres bloques-. Esto quiere decir que les tomó unos siete minutos llegar a la escena, bajarse del camión, caminar unos 246 pies hasta el derrumbe, mirar, regresar al camión y llegar a la sede.

“La gente que estaba allí no hablaba inglés y los bomberos no hablaban español, así que los bomberos no los entendían”, rememoró Mayra.

Este testimonio, sobre la barrera lingüística, coincide con lo relatado por los distintos vecinos entrevistados. Sin embargo, la investigación documentó inconsistencias entre las versiones ofrecidas por el teniente y los otros bomberos William Kamm y James Ring, quienes sostuvieron que nunca se les informó sobre un menor atrapado.

En su declaración, el bombero Hotham dijo que todos se bajaron del camión, y que de las siete a ocho personas que permanecían allí ninguna “le dijo nada, ni se veían emocionados”.

Minutos después, el oficial de la Policía Bruce Tschoffer fue enviado a la avenida Albany para otro asunto, cuando niños del vecindario le alertaron de lo que ocurría. Tschoffer llamó al Departamento de Bomberos, quienes le notificaron que ya habían revisado y que no había nadie.

Fue un ciudadano, Charles Currie, junto al agente quien localizó primero un zapato.

“A Julito le fascinaba el karate, y en verano siempre tenía unos zapatos de karate. Ese fue el zapato que encontraron, y por eso sabían que era él”, recordó Mayra.

Portada del 17 de mayo de 1979 del diario Hartford Courant sobre la muerte de Julio "Julito" César Lozada Guzmán. (Suministrada)
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Portada del 17 de mayo de 1979 del diario Hartford Courant sobre la muerte de Julio "Julito" César Lozada Guzmán. (Suministrada)

Los bomberos regresaron a las 7:24 p.m. por segunda vez. Ya la tensión entre la comunidad y las autoridades era evidente, por lo que la Policía solicitó que los bomberos se quedaran atrás.

Julito fue trasladado al Hospital Saint Francis, al que llegó vivo a las 7:39 p.m. y donde fue declarado muerto a las 8:10 p.m. La causa oficial en el reporte: fracturas en el cráneo, concusión severa en el cerebro y lesiones de fractura en el pecho.

“Si lo hubiesen sacado la primera vez, estuviese vivo”, lamentó.

Negligencia documentada

La investigación, dirigida por los abogados Jeffrey Van Kirk y Victor M. Agrait, concluyó que la tragedia no respondió únicamente a fallas en la primera respuesta de emergencia. También, expuso años de negligencia sobre una estructura señalada como peligrosa por parte del Departamento de Licencias e Inspecciones desde 1925.

En 1973 el entonces dueño del garaje, Louis Goldschmidt, fue notificado de violaciones severas al Código de Vivienda por las condiciones deterioradas de su propiedad que impulsaban “un asunto de salud pública”.

Incluso, el inspector de Vivienda emitió una orden de arresto en su contra por incumplir con lo notificado en múltiples ocasiones y el caso se refirió a una procuradora especial para tomar acción legal.

Aunque la propiedad fue declarada no apta para ocupación e incluida repetidamente en las listas de demolición en la ciudad, las acciones fueron postergadas.

En julio de 1975, la titularidad fue transferida a S&L Contractors, Inc., empresa de la que Goldschmidt era ejecutivo. En 1976 la ciudad arregló la propiedad bajo un contrato gubernamental y se decretó un derecho de retención contra la misma por el dueño no pagar lo que debía del convenio.

No fue hasta el 17 de mayo de 1979 -un día después de la muerte de Julito- que finalmente fue demolida.

Un informe de la empresa Buck and Buck Engineering desveló que entre 1,000 y 2,000 ladrillos habían sido removidos con el paso del tiempo para su venta o reutilización, debilitando críticamente el soporte pilar entre la quinta y sexta columna de la estructura.

Placa dedicada a Julio "Julito" César Lozada Guzmán en la entrada del Complejo de Seguridad Pública de Harford. (Itzel Rivera)
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Placa dedicada a Julio "Julito" César Lozada Guzmán en la entrada del Complejo de Seguridad Pública de Harford. (Itzel Rivera)

“Nunca había visto a papi llorar y a mami yo pensaba que le iba a dar un infarto. Ella estaba ida, se sentaba en el balcón a ver el parque donde Julito jugaba pelota. Eso fue lo que la mató lentamente”, expresó Mayra.

Mayra se encargó de todos los arreglos y quería “que pasara rápido”. El funeral fue tres días después. Estaba tan ocupada, narró, que no había llorado, hasta ver en el periódico la fotografía del hoyo donde murió Julito.

Nace Fundación Julio Lozada
Con los años, el dolor se transformó en propósito.

En 2013, Mayra estableció la Fundación Julio Lozada, una idea impulsada por el desconocimiento que tenían los bomberos hispanos de la ciudad sobre la historia de su hermano.

Con la entidad logró otorgar becas universitarias, llevar a cabo eventos de servicio comunitario, regalar bicicletas y juguetes a niños, hacer torneos de sóftbol, entre otros.

“Para mí era todo eso era una manera de mantenerlo vivo, y ver la cara de los niños contentos era como ver a Julito”, añadió Mayra.

La representación actual de hispanos dentro del cuerpo de bomberos de la ciudad ronda el 35%, mientras que en la Policía el 22.3%. La muerte de Julito empujó una alta contratación de personal hispano, que en 1979 era nula.

“Estamos orgullosos de liderar uno de los departamentos más diversos del país, con una fuerza laboral compuesta por un 35% de hispanos, 32% de afroamericanos, 32% de blancos y 1% de nativos americanos. Estos números son el resultado directo de las reformas iniciadas por Julio Lozada”, sostuvo el boricua Mario Oquendo Jr., jefe de distrito del Departamento de Bomberos de Hartford.

Para Mayra, esa brecha confirma que la historia de su hermano sigue siendo relevante.

Ese año, bajo el liderato del primer jefe de bomberos puertorriqueño en la historia de Hartford, Edward Casares, la Sociedad de Bomberos Latinoamericanos dedicó una placa a Julio Lozada por ser “el niño que transformó la seguridad pública de la ciudad”.

La distinción está en la entrada del Complejo de Seguridad Pública.

“Honramos a ‘Julito’ no solo en ceremonias, sino como una herramienta de enseñanza en la escuela de reclutas y en los programas de cadetes para enfatizar la importancia de la comunidad y la representación. Su legado se honra físicamente a través del juego anual de sóftbol del Local 760 de Bomberos de Hartford, que recauda fondos para la beca Julio Lozada, asegurando que su nombre continúe brindando oportunidades a los estudiantes de Hartford hoy en día”, manifestó Oquendo.

Entrada al Lozada Park, en el vecindario de Clay Hill. (Itzel Rivera)
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Entrada al Lozada Park, en el vecindario de Clay Hill. (Itzel Rivera)

De igual manera, el vecindario de Clay Hill alberga un parque que lleva el nombre de Lozada Park. El lote donde ocurrió la tragedia continúa vacío.

“Si pudiera decirle algo hoy, fuese que lo quiero mucho”, finalizó, visiblemente emocionada, Mayra.

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